No quiero esa Paz
Es curioso como en ocasiones nos vemos sometidos a presiones
lingüísticas, fruto de manipulaciones o simples distorsiones del valor de una
palabra. Y es que existen multitud de palabras en nuestro diccionario que
poseen el poder de generar auténticas conmociones sociales, siendo ellas por sí
solas un mero instrumento por y para la comunicación. Palabras como hambre,
muerte, sexo, guerra, amor…han sido utilizadas a lo largo de la historia para
argumentar y liderar grandes pensamientos y exitosas ideas, pero en la mayor
parte de los casos se cometía un sutil error.
Una de esas palabras que históricamente se han visto manoseadas vilmente por la especie humana ha sido la de “Paz”, que ha sido azotada por la necesidad inherente del ser humano de calificar todo cuanto acontece y le rodea en realidades bipolares, es decir, realidades en las que sólo cabe la posibilidad de dos alternativas: el blanco o el negro, el yin y el yang, la noche o el día…Pero todos sabemos, aunque nos duela frente a nuestra necesidad de dominar el mundo, que gran parte de las cosas sólo se puede explicar mediante la filosofía del continuo, en el que los extremos sólo representan posiciones ideales que en la mayoría de los casos nunca van a tener lugar.
Actualmente vivimos en nuestro país un humillante trato hacia la palabra “Paz”, que ha sido vilipendiada hasta el punto de estar sometida a una dualidad difícil de superar, la de “Guerra y Paz”, como la novela de Tolstoi. Parece que en nuestras mentes sólo pueden caber dos alternativas a la hora de plantear qué entendemos por paz, o lo que es lo mismo, frente a la paz sólo se puede divisar inexorablemente la guerra. Pero esta demagogia lingüística es fácil de rebatir. Hagamos una prueba, salgamos a la calle y preguntemos a las primeras diez personas que se crucen por nuestro camino: “¿usted qué prefiere, la guerra o la paz?” Será difícil que nuestra estadística no sea abrumadora a favor de la paz… ¿Y esto qué quiere decir? Que frente a preguntas retóricas sólo cabe una respuesta posible, y es la que viene indicada en la propia pregunta.
Nos han impuesto la creencia de un único concepto de paz, el que se antepone a la guerra, lo cual no sería excesivamente polémico si además de aceptar esta definición, no tuviéramos que claudicar de nuestros principios democráticos. Pero desgraciadamente nos piden que echemos por tierra todo aquello que hemos cultivado con tanto esmero, y no sin dificultades, durante los últimos 28 años, nuestra Democracia, aquella que se basa en la separación de poderes, el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial, con plena independencia para cada uno de ellos, aquella que propugna la participación por sufragio universal de todos los ciudadanos en las decisiones que competen a nuestro país. ¿Y por qué? Porque es fácil convencer al ciudadano de a pie cuando lo que se pone encima de la mesa son menos muertos inocentes en los próximos años.
Pero la realidad es más compleja, y tenemos que ser conscientes del grave riesgo que corre nuestra sociedad si nos atrevemos a saltarnos todas las normas habidas y por haber, y que nos han permitido superar antiguos periodos históricos muy dañinos, como es la Guerra Civil o la Dictadura Franquista, que se caracterizaban entre otros detalles por la inexistencia de principios democráticos que regentasen nuestros comportamientos.
Personalmente, no estoy dispuesto a acercarme, bajo ningún concepto, a periodos tan lamentables como aquellos, ya sea sometido por pensamientos de izquierdas o de derechas (porque aunque algunos piensen lo contrario, las dictaduras, los fascismos, los extremismos, pueden ser de ambos bandos), y tampoco estoy dispuesto a aceptar que me utilicen para ningunear los valores que nos caracterizan como sociedad moderna, aunque a cambio haya más muertos, desgraciadamente. La única vía de enfrentamiento debe ser la de los Cuerpos de Seguridad del Estado, bajo la sombra de los principios democráticos, nos guste más o menos, nos parezca más o menos efectivo. Es lo que todos directa o indirectamente asumimos bajo la Constitución Española.
Y puestos a plantear formas democráticas de vencer al Terrorismo, ya sea el Etarra, el Integrista, o incluso el de los G.A.L., ahora que tenemos en nuestros cines la película basada en este hecho histórico, aceptemos también que los Medios de Comunicación juegan un papel fundamental. Para ello, es imprescindible que entendamos el concepto “libertad de expresión”, base de toda sociedad democrática, y lo aceptemos aunque ello suponga la existencia de Medios de Comunicación que no comulgan con nuestras ideas. Me parece abominable que en la actualidad existan líneas de pensamiento que fomenten el exterminio o aniquilación de Medios de Comunicación por expresar determinadas ideas o mostrar claramente su línea editorial. Aquellos que defienden esta postura deben asumir una realidad, que su pensamiento es contrario a la Democracia, y muy cercano al de movimientos fascistas que todos tenemos presentes.
El Terrorismo es una lacra que nuestra sociedad ha asumido ya como parte de su realidad, pero la necesidad de evitarlo no nos debe llevar al lado oscuro de la rendición, como está ocurriendo días atrás frente a actitudes radicales de los Integristas o incluso frente a las amenazas del brazo político del grupo terrorista E.T.A. Disponemos de medios que, aunque poco eficientes en el tiempo, son las herramientas que respetan aquello que más preciamos, nuestra libertad. Siempre defenderé que el fin no justifica los medios, bajo ningún concepto. Y yo no quiero esa paz, pero tampoco la guerra, porque no es la única alternativa a esa paz.
Un abrazo a todos.
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