Palabras encadenadas
- ¿Crees que el amor puede volver? - Sus ojos delataban la respuesta, pero imploraba la confirmación en sus palabras. Tan solo unos segundos dieron paso a la expresión de la fe, la convicción de quien se siente feliz y no vacila en publicarlo.
- ¿Y si en realidad el amor nunca se hubiera marchado? Puede que de una manera sospechosamente intrigante haya permanecido latente, a la espera de un beso que lo hiciera renacer. El amor no aparece y desaparece de repente, siempre está con nosotros, pero en unas formas que no alcanzamos a entender con nuestra mente...
Las palabras de ambos jugueteaban cariñosamente con el silencio de aquella habitación, intentando encontrar cada una su sitio. Las caricias sucedieron entonces a las palabras, y cayeron en las redes de la pasión sin darse cuenta, como si fueran dos peces que se ven sorprendidos por el ímpetu de un pescador.
El tiempo se paró en aquel instante, y todo cuanto les rodeaba adquirió formas nuevas, tendentes al minimalismo. Qué fácil parecía todo, unos minutos bastaban para formatear toda una vida. El único inconveniente radicaba en la sutil diferencia entre los seres humanos y las máquinas. Éstas son capaces de olvidar si nosotros lo deseamos, pero nuestro formateo es más tosco, rústico e imperfecto. No podemos tirar por la borda miles de recuerdos en forma de imágenes, olores, sonidos, gustos y sensaciones tactiles tan fácilmente. Nuestra memoria en cambio es mucho más selectiva que la de las máquinas: busca, valora y elige, pero con unos criterios innovadores y redefinidos en cada selección.
Ella buscaba en lo más profundo de su ser una explicación racional a todo aquello que acontecía sin control, y él eludía la razón para encontrar en sus emociones la justificación de todos sus desencuentros interiores. Su instinto sumamente racional le había pervertido en el arte de la vida, y había coartado todos y cada uno de los caminos que iniciaba. Una y otra vez, la ilusión de un nuevo proyecto, de una nueva idea, de una meta atractiva, daba paso al desastre en forma de casualidad. Porque la suerte asociada a la razón es el arma favorita de los suicidas racionales, aquellos que planifican su desastre concienzudamente, con el ánimo de poder atribuir a la suerte en última instancia la barbaridad del caos, un caos en cierto modo determinista...
Es curioso observar cómo la vida adquiere formas relativamente diferentes a cada momento, y tus esquemas mentales se obsesionan con adaptarse al cambio, unas veces imponiendo su criterio y buscando con poco éxito permanecer intactos en el tiempo, y otras modificando todos y cada uno de sus elementos característicos hasta llegar a otros esquemas totalmente nuevos, que nos hacen sentir en parte nuevas personas, ajenas a la realidad de un espejo que sólo refleja lo que los demás pueden ver.
Esa noche, en la oscuridad y bajo el amparo del silencio, cada uno con su estilo particular pensaba en estas y otras ideas, mientras el duende del amor planeaba cómo jugar con ellos el resto de sus vidas. Quizás entonces no comprendían la magnitud de lo que comenzaban, sólo querían vivir, sólo querían existir...

